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viernes, 3 de abril de 2009

El ángel y el gusano

1.
En la mochila de Salvador no quedaba espacio más que para una cosa: una fotografía vieja, recortada en las esquinas por el tiempo, achatada por las puntas de mirarla, desgastada por los trotes y sudores de la guerrilla. Sólo con ella la mochila estaba completa, rebosante como el sentimiento que hinchaba el pecho del futuro diplomático: Salvador Durán, embajador de la República del Panamá en la Argentina.

El comandante Aguilar, ahora señor Presidente, le había sugerido París o Roma, pero Salvador siempre había soñado aspiraciones modestas, acaso ingenuas, y arguyó no saber el idioma. Prefería cobrar su pensión de guerrillero en la Argentina como gran apasionado al tango que seguía siendo.

Se descubrió, en un gesto mecánico, aferrado a un bulto sucio y viejo que llamaba su morral y su vida, como muchas veces la misma mano mecánica había empuñado alguna navaja en las campañas junto a Aguilar cuando los dos eran amigos y existían.
Aunque esas sillas incomodas de espera blanca y pasmada no eran la mejor estimulante para la memoria, Salvador se dejó recorrer por la tibia nostalgia. Lamentó no salir a caminar la ciudad y deshilachar su sentimiento entre las calles. No sólo porque cada vez faltaba menos tiempo para el ansiado vuelo a Panamá, sino por el riesgo que representaba adentrarse en los barrios de la Nueva Orleáns en su calidad de refugiado, de perseguido, de non grato y guerrillero. Lo consoló la idea de que todas las ciudades eran iguales. Las esquinas, los ojos, la gente. Acaso cambian los nombres Mardi Gras, Saints, jazz; pero las putas maquilladas de circo debían ser las mismas, los negros como perros sueltos a tiro de correas de oro sobre el pecho, los músicos trasnochados de aparador, los obesos ancianos asoleando sus fofas carnes bajo la luz invernal debían ser los mismos signos de la desazón del blanco y del insípido, tal como en el Canadá. Así debe ser. Así era, al menos, Toronto donde Salvador trasnochaba su exilio hasta la providencial llamada de Aguilar:

¿Durán?... Por fin, ¡puta madre! Llevo días tratando de localizarte… ¿Yo olvidarte? Nunca, mi querido Duro… Acá todos te extrañamos… Nada, de politiquerías ya sabes… sí, eso de que me llamen presidente a mí tampoco me gusta, no creas… La cosa acá ahora se tranquilizó contigo, la tranquilicé quiero decir, ya prontico te vamos a traer de nuevo a nuestro terruño, tú ten fe… Sí, pero quizá antes tengas que pasar por Nueva Orleáns… ¡Pues claro! Estados Unidos… No, no te preocupes, los gringos ya están con nosotros, es sólo un papeleo necesario… En estos días recibes noticias…

Se despidieron con el grito de guerra acostumbrado entre las matas, entre líneas de calor en la frente y la tierra a puños en los dientes, ahí donde hacía sentido, no como el asilo canadiense, ni en esa incomoda sala de espera del Aeropuerto Internacional de Nueva Orleáns donde cóndor, lucha y comandante no eran sino palabras.

2.
En la mirilla de Salvador no queda espacio más que para una cosa: agua. Pero no el agua de los cobardes tirados junto a las minas llorando cuando se tientan las piernas y descubren que aquel hormigueo ha desaparecido porque la carne y el hueso ya no los siguen. Tampoco el chorro salado de los rabioso que gotean esfuerzo inútil empapando su ropa de tanto buscar un centro, una línea, un disparo donde tirar para adelante. El agua que brota contra la mirilla de Salvador es la gota viscosa de su córnea, no roja, sino negra o quizá blanca porque Salvador ya no distingue más allá de los nervios de su ojo izquierdo penetrado por la aguda vuelta de un Odiseo que remeda y se burla de duro Salvador de nombre ciclópeo.

Hoy es un día doloroso para Salvador, porque siempre hay algo de dolorosa castración en perder un ojo; hay algo de asqueroso en sentir la ausencia blanda entre sus cavidades; algo desconsolador en descubrir que un ojo, como un pene, como un’arma, no es más que una extensión del cuerpo inútil, prescindible sí, como el alma, pero irrecuperable, como la propia añoranza.

Y con todo es un día alegre, porque recuerda que hoy mismo, tras la desventura, Aguilar logró bajarle esa otra tristeza de hace tiempo, que saltaba cada vez que un guerrillero presumía unos ojos negros y profundos o unas pantorrillas lascivas y firmes, unos pechos risueños e intimidantes.



Lo que debes hacer es conseguirte también una foto. ¿De verdad crees que estos pendejos tienen novia? No, Duro, te digo que lo que tienes de cabrón lo tienes de ingenuo, seguro las recortaron de la cosmo, a lo mucho son sus tías.
Salvador había rehusado valerse de ese truco porque él anhelaba unas pantorrillas y unos senos reales, cargar con la foto de una novia que lo esperara de carne cada vez que zumbara el tren el la estación de Buabidí. Pero sin un ojo todo cambiaba. Bien podía aprender a amar la belleza anónima y la planicie de esas cejas, de esa nariz dura y mulata de esos labios ancilares de rojo, sin sentir necesario saber de quién eran.

Ten, se la saqué a Marco, al que hundieron a tiros junto a la represa… ¿Que cómo se llama? Yo qué sé, ponle el nombre que quieras… Eso, tampoco lo sé tiene cara de no ser de acá… esas mulatas no son como las nuestras… Te digo que estos cabrones nomas recortan de aquí y de allá y alardean, pero nada de que los esperen en casa, seguro era de una fotonovela, o a lo mejor era su puta… Tú ahora llámala como quieras, el nombre lo es todo, no importa quién era antes.

3.
En el puño de Salvador Durán no queda espacio más que para una cosa: la misma, la de siempre, pero esta vez con sus inconvenientes: Arriba, abajo, de frente y de rodillas, Salvador escupe contra todo lo que le rodea, agentes aduanales, policías de guardia, filas de sillas y de gordas con carreolas, con cartones publicitarios y hasta una señorita azafata que con gentileza anuncia en español su nombre y la urgencia de que se presente en la cabina de inspección. Lo sigue repitiendo como si no lograra ver la escena, como si pensara que realmente Salvador Durán realmente fuera requerido en alguna parte y por el contrario no fuera ya pedazos de piernas y de manos forcejeando contra la mole que en esa tinta y en sus tentáculos se dibujaba ante el como un enorme pulpo.

Poco a poco se dejó ganar viejo y cansado contra los toletazos y toques eléctricos que le propinaban y si no fuera por ella ahí –entonces ella– se hubiera ido dejando recostar entre la malla hipócrita de Aguilar, porque él ya lo sabía, su palabra era muy poca y ese Durán sabía mucho, demasiado del lodo en expedientes de su régimen, de las cosas que sólo pueden callar los burócratas y diplomáticos que se archivan en costosas tumbas o en infinitos exilios.

Sacudió todo el óxido cayendo por años en los músculos neuronales del difícil arte de la guerrilla y rezo del credo: el guerrillero no piensa, actúa. Siguió de frente, a prisa con la seguridad rampante con la que el cuchillo de un hábil dispensador de filetes atraviesa la blanda viscosidad de la carne.

Rápido, seco e intacto llegó ante ella; la tomó por la cintura poseyéndola, experimentando el soleado placer del pez grande sobre el pez chico. Y miró hacia el gusano del andén: una larga cadena de obstáculos los esperaba aún; había hecho la ida, pero la vuelta sería más incómoda, el hábil cuchillo dispensador debía hacer el regreso, con una parte considerable de su primer filo.

Siempre con la inercia del pulpo estrellándose contra él y estrellándolo contra todo, empuñó feroz, lo de siempre, lo de mismo, pero ya sin filo suficiente porque ella lo miró como reprochando, como decepcionada de ser eso así, un viejo terrorista jubilado. Él le quiso decir que no. La llamó por todos sus nombres, le explicó cómo la deseaba, cuánto la soñaba, cómo su rostro llenaba esa mochila desde hacía años. Pero a estas alturas del pulpo la mochila era inalcanzable, como ella, como los tangos y París. Pero si yo nunca quise París, ni sé tu nombre. Empuñó con firmeza y dignidad su cuchillo. Tuvo tiempo para dudar si circuncidar su ojo plano, si destajar al pulpo, pero decidió enfundarlo hacia sí, letal, para su pecho ingenuo y se despidió de ella sin un nombre, sin siquiera corregir su nombre.

Oswaldo Trujillo

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